viernes, 16 de diciembre de 2011

panadero.

Todos los días la misma rutina: mezclar ( no puedes pasarte de las medidas), amasar, separar. (No puedes darte el placer de jugar con la harina. Es escasa y, además, no es tuya). ¡Cómo te gustaría hacer pasteles, tortas, imaginar, crear!. Pero no, solo te pagan una miseria por hacer el pan ( no puedes tocar nada más).
Todas las jornadas son iguales: de blanco para mimetizarte con la harina, darle forma a una masa uniforme. Estás en cada casa en el desayuno, en la once (menos en la tuya). Muchos niños se nutren de tus manos, (pero tus hijos pasan hambre en casa). Turnos rotativos, de noche de día, el pan ya es rutina, ya no existe diferencia entre una marraqueta o una hallulla; esos nombres ya no tienen sentido.

No existen ventanas en esta panadería, solo una puerta que da a una calle solitaria, inundada de basura. No puedes salir por enfrente, (qué diría la clientela).

Con cansancio abre la puerta de su casa, su compañera aún no ha llegado, debe venir en alguna micro, al parecer no hay nadie en casa, al menos nadie que lo reciba. Pan duro es lo que trae en sus manos; nada más que esto pudo conseguir. Como siempre las sobras, lo que nadie quiere, lo que nadie ve. Se queda dormido en la mesa, el pan se quema en el tostador, el humo inunda la casa. Es el olor del día a día.

Otro día más de lo mismo. Su nariz solo huele levadura, otros olores no existen. En su rostro, la pena del panadero al que hoy le gustaría inventar cosas nuevas, quizás una tarta o un berlín.
De camino hacia el trabajo, nota algo distinto, algo sucede en la vereda de enfrente. Entre los viejos departamentos se levantó un supermercado , justo frente a la panadería. Hoy, al parecer será distinto, hoy quisiera entrar por la puerta grande.

El dueño se asusta, parece nervioso, porque el gigante consorcio aplastará la pequeña panadería. El pan caliente sale a la misma hora. Las señoras del barrio hacen fila con sus bolsas en las manos, esperando para abalanzarse sobre el pan. Él las mira detrás del vidrio empañado. Quisiera probar un pedazo, quemarse la lengua, chorrearse de mantequilla, untarlo en pebre, quisiera cualquier cosa más que su pan duro.
Mañana no tendrá que volver, nadie lo hará, las señoras se reunirán en las puertas del gran supermercado. Llenarán los pasillos, llevándose las mejores ofertas, comprarán pasteles, dulces y cualquier cosa que brille ante sus ojos. Nuestro panadero no sabrá que hacer, ya no habrá pan duro, ya no habrá hogar.

Con su experiencia en el horno y habilidades con la masa, cruza la calle seguro de su experticia, decidido a enfrentar a cualquiera que se interponga entre el pan y él. Es su trabajo y en cualquier lado de la vereda tiene que estar. Sale por la puerta trasera, una vez más. No quedan cupos, le dijeron. Aquí solo hay gente con estudios, que sepan hacer desde un calzón roto hasta una torta de bodas ( aquí no hay espacio para usted).


¿Qué hacer ahora? Aquí ni el pan duro regalan. Volver a casa y revisar si aún quedan algunas migas quemadas en el tostador. Y desaparecer entre las sábanas que no discriminan a las personas por su labor.


mis agradecimientos a Norma Rebolledo por la edición.

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